
Los augures de la economía y la comunicación coinciden en su llanto. La burbuja inmobiliaria hace aguas, el precio de la vivienda bajará ocho puntos, se destruirán centenares de miles de puestos de trabajo, los carteles de se vende proliferan en una primavera anticipada que vino para quedarse, la recaudación de impuestos baja nosécuántas décimas y los inmigrantes, ay los inmigrates, vae victis, vae los inmigrantes, expulsados por los amos del negocio (con el corazón ensangrentado, qué quieres Ahmed tengo un yate que mantener. ¿Entiendes? ¡Un yate! Qué coño vas a entender tú, Ahmed) se verán abocados a delinquir, según una perla dialéctica del alcalde de Alicante, Díaz Alperi, que haría palidecer de envidia, por lo lúcido de la idea y lo sintético del enunciado, al mismísimo Wittengstein.
A lo que no quiere atender casi nadie es que no es ésta la situación anómala. Que lo perverso no es lo de hoy, sino lo de ayer. Esa cosa llamada España estaba entregada a los constructores y promotores inmobiliarios. Fueron ellos los que nos llevaron a una economía patológica que privaba a las clases medias del acceso a una casa si no era a costa de empeñar sus órganos internos y la virginidad de sus primogénitas.
Para decirlo ya de una vez sin más rodeos, después de años de economía ficción nos encontramos ahora como un yonki en pleno síndrome de abstinencia. Jode, pero por culpa de un hábito pernicioso anterior que de persistir en él nos hubiera llevado a la tumba. La vivienda bajará un ocho por ciento, pero los precios siguen siendo prohibitivos. Las casas no se venden, pero no se habla de esa bolsa de 700.000 pisos que se compraron en toda España sólo para especular, que permanecen vacíos como tumbas, silentes como el corazón de un asalariado medio.
Tal vez el problema es que empezamos a vivir según nuestras posibilidades, que hemos bajado de la nube a la que nos llevaron para yugularnos como toros ceremoniales y que nuestra sangre derramada regara los campos de su abundancia.
Permítanme si no me echo a llorar por esas inmobiliarias que pedían 120.000 euros en negro por una VPO, por las que obligaban a adquirir una plaza de garaje de 30.000 euros para cerrar la operación. Debo tener el lagrimal lleno de cemento. Años de abusos, ya saben.
Por otra parte la economía viene a sustituir a la iglesia y el estado en una labor perpetuadora de la moral clásica. Ya no hace falta que el cura de nuestro pueblo enrojezca a un paso de la apoplegía para cargar contra el divorcio o contra las familias monoparentales. Ya no es imprescindible que nuestra tía Enriqueta nos lance una mirada de asco y conmiseración a cuenta de nuestra pertinaz soltería. Los bancos lo hacen y su ojo no tiene noche ni párpados.
Hasta que la hipoteca nos separe, amables lectores.