lunes, 26 de enero de 2009

Holmes en la noche




El detective Holmes llegaba tarde. Debía estar en el caserío de Lougbrought antes de la hora de la cena, pero una fuerte tormenta trababa el avance del coche de caballos que hundía pesadamente sus ruedas en el fango del camino. El agua se convertía en humo fatigado al contacto de la grupa de los caballos y el cochero, arrebujado en el pescante hasta no ser más que una sombra entre los amarillos faroles temblorosos, no sacaba de ellos un paso más por mucho que abusara de la blasfemia y el látigo. Contrariado, Holmes, se asomó a la ventana de la portezuela, sacó la cabeza y le gritó al hombre que se detuviera. Estaba a punto de anochecer y le pidió que se detuviera allí mismo y apartase el coche del sendero. Pasaremos aquí la noche, dijo, al abrigo de los árboles. El hombre del pescante no discutió. Habían seguido el camino principal durante algunas horas, trotando alegremente entre el dorado otoñal de los árboles y anchas extensiones de tierra roja. Después el cochero siguió un atajo que, con las horas, la oscuridad y la tormenta, los había perdido irremediablemente en medio de ninguna parte. Cuando estuvieron fuera del camino, el conductor desenganchó a los caballos y se apeó a abrir la puerta de Holmes. Sherlock Holmes protestó; de ningún modo iba a consentir compartir el angosto habitáculo con aquel hombre durante toda la noche. Le recuerdo señor, dijo Holmes con suficiencia, que la culpa es enteramente suya, así que hará bien en dormir con los caballos. Aquí le dejo una manta por si la necesita. El cochero, un bulto oscuro y chorreante, abrió de todos modos. Un relámpago incendió la noche y Holmes vio el destello negro del cañón del revólver que le apuntaba a la frente y la cólera fría, el rencor añejo de unos ojos completamente familiares. ¡Maldita sea Watson, es usted! Elemental amigo Holmes...


Primer aniversari de la Cretina Comèdia

domingo, 21 de diciembre de 2008

El perdón y los tres hombres

Aquel día hacía viento, un viento hombrón, mojado, violento, el mismo que a menudo hace que se demoren los vuelos entre Orta y Flores y zarandea la barca neumática de Vasco cuando vuelve cargado de garopas y ella lo espera en el acantilado con los prismáticos, el que nos hace cerrar los ojos porque se adivina en sus entrañas una caballería crepitante de tierra. Los tres hombres, sin embargo, no cierran los ojos. Sus miradas resisten impávidas el embate de los elementos y la historia y si no fuera por el flequillo untoso del tercero, el más bajito, nada sabríamos de lo que ocurre. Los tres hombres deciden matar a centenares de miles de hombres para salvaguardar la seguridad de otros tantos. No exactamente. Los tres hombres fuertes deciden matar a centenares de miles de hombres para ver qué pasa, un poco por hacer, un poco a desgana, sospecho, como el niño que ordena sus juguetes entre reproches callados al utilitarismo estúpido de los padres. Los tres hombres altos deciden que centenares de miles de hombres deben verter su sangre con el furor abosorto con que el niño coloca los juguetes en el cesto de mimbre por que pronto van a dar las cinco, por que pronto van a dar las cinco y papá volverá de dar su paseo y tal vez merienden, tal vez nocilla y luego tele, dibujos, y luego, bueno, luego que importa, luego todo estará bien y el sofá es tan cálido y sí, el niño, el buen niño, está a punto de acabar de estirar las sábanas con sus manitas de dedos torpes y fanáticos en lo que un misil de trazo verde cae en el centro de telecomunicaciones de Bagdad. Los tres hombres están furiosos de amor. Los tres hombres pedirán vino blanco.
De esa foto y ese viento hace ya mucho. El viento sigue devorando la costa de las islas azores y los centenares de miles siguen muriendo, pero los tres hombres partieron de sus palacios dejando habitaciones vacías, escritorios abandonados, gobelinos melancólicos, lunas tajadas, tarjetas, calcetines, clamores. Dos ya han pedido perdón. El hombre inglés y el americano concurrieron frente a su pueblo y frente al viento y se arrepintieron, dolorosamente, sinceramente. Los dos hombres buenos, cristianísimos, hicieron acto de contricción y colgaron del balcón las sábanas de holanda manchadas con la sangre de su mentira y sus crímenes. Los dos hombres, extrañamente, fueron perdonados. O no, eso no importa. Los dos hombres buenos estaban en paz consigo mismo y ya podían darse el inmenso lujo de morirse para lo público y volver a la carpintería del padre a aprender el arte de las cruces y las palomas.
Pero ¿y el tercer hombre? El cristianísimo tercer hombre no pidió perdón. Salió de palacio con el gesto irritado, los hombros rígidos, los intestinos en un paquete sólido, los dedos crispados. A su salida, la multitud de antorchas que cercaba desde hacía días su sueño se partió silenciosa al paso de Moisés. Algún insulto tenue salió de sus filas, alguna mano quiso enarbolar la horca o enviar la piedra. Todo lo congeló la noche. El hombre cristiano, el tercero, el bajito, ganó con paso firme la salida y se perdió entre las hojas de marzo buscando su carruaje.
El tercer hombre también es bueno. El tercero también es piadoso y conoce lo aconsejable de la contricción y los santos óleos. No es vanidad por tanto lo que le impide pedir perdón antes de morir. Es otra cosa. Es certeza de inmortalidad.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Actualización apresurada durante una de las muchas horas muertas que de un tiempo a esta parte me brinda mi trabajo. (Un día de estos post al canto, aunque después los cretinos deberán constituir un fondo de reptiles del que sacar lo que preciso para comer y bailar). Sigo la línea de desgranar, a vuelapluma, sin vocación de exactitud, una lista de seis pequeñas cosas, seis idioteces que me hacen feliz.

1- Encontrar una lectura en el baño de la oficina
2- Ver el intermitente de un coche que va a dejar libre un hueco para aparcar
3- Abrir un libro recién comprado. Tocarlo casi eróticamente. Olerlo.
4- Apagar el despertador y concederme media hora de gracia sin atisbo de culpa
5- Escribir una frase afortunada.
6 - Subir a un tren para un viaje.

Son seis pequeñas cosas, nada sustancial, pero carajo cómo ayudan. Carajo cómo se las piensa cuando faltan. Los elementos centrales de mi dicha comprenderán que se avengan mal con las clasificaciones, con el orden en general, con los buenos usos y la excelente costumbre de la alfabetización. Con el jabón perfumado y las agendas.

domingo, 14 de diciembre de 2008

La niña de guillem de Castro


Pasa todas las mañanas por delante de mi oficina en Guillem de castro; silenciosa, cansada, espoleada por un deseo insatisfecho de llegar a alguna parte que se traduce en una prisa torpe de pasitos cortos y bufidos. Anda frisando la treintena, pero, invariablemente, va vestida con un babi de guardería. Lleva los gordos mofletes arrebozados de colorete, el pelo moreno partido en dos trenzas grasientas, zapatillas de cordones rosas que empiezan a destazarse por los costados como dos castigados caballos de posta al borde del colapso, se hace seguir por el sincopado bamboleo de una carterita escolar. Me gusta imaginar que en la cartera lleva la merienda de los niños felices, colorines, pegatinas, gomas para el pelo, estrellas de mar, fueguitos, cualquier cosa. Cada vez que cruzamos la mirada enfrento dos ojos asustados, estremecidos ante el fragor de la ciudad que la envuelve y la ignora entre sutiles menosprecios y disimulos. No sé a dónde a va. No sé si va a algún lado. No sé si llegará nunca.
Los primeros días me partía el alma, sentía una lástima infinita por ese ser como del otro lado, que se quedó varadito en la nostalgia de la infancia y el miedo a crecer. Tal vez vista frente a frente la edad adulta la sorprendió el horror a manos llenas, tal vez la vida le dio una cuchillada tan profunda que para frenar su sangre a borbotones corrió hacia la región donde todo es seguro, cálido e invariable. Tal vez una larga angustia de la ausencia de papá y mamá, tal vez.
Ahora ya no siento lástima. Ahora, cada vez que nos cruzamos, la animo en silencio, la jaleo con todas mis fuerzas para que siga caminando, para que no sepa lo que pasa a su alrededor. Si está loca, deseo con el alma que esté lo bastante loca como para no saberlo nunca. Si ha logrado erigir un baluarte en su alienación, si ha conquistado trabajosamente la felicidad en su íntimo cosmos, entonces adelante.
Los cuerdos de mierda, seguiremos fumando y mirándola pasar. Con respeto.
(dedica't al Capo de la Vucciria que va encetar magistralment el tema de l'elogi de la follia)

jueves, 27 de noviembre de 2008

ÚItima hora

Un anuncio de televisíón y una noticia de prensa me tienen robado el seso. Fascinación a primera vista. Nostalgia del Ak-47, que dice Pérez-Reverte. De subirse a una azotea y repartir treinta píldoras de plomo al portador, ratatatá, no somos nadie. Después, con un poco de suerte - o merced a las más turbias leyes de la física social - emergería como un héroe en los programas de Tele 5 a razón de 300.000 claveles contantes y sonantes, mi careto sin afeitar abriría informativos, la zorra de Ana Rosa me dedicaría treinta líneas escritas por un negrito zumbón, Canal 9 proclamaría que soy hijo (de puta) de la educación socialista y los curas, ay los curas, consolarían a mis pobres padres entre hipos y eructos de turrón de Xixona.
El anuncio en cuestión es de un nuevo servicio de telefonía móvil que se presenta como un detector de mentiras instantáneo. Algo así como "¿Harta de que te engañen? Ahora podrás saber dónde está realmente." Va dirigido a adolescentes anormales que quieran saber si sus parejas les son o no fieles. Si realmente Pablito está en el cine con Dieguito o le está comiendo el coño a Marisielito. Convendrán conmigo en que Fukuyama se adelantó en predecir el fin de la historia, con la de cosas preciosas que estaban por venir. El sistema en cuestión puede ser leído desde dos ópticas: en primer lugar, y admitiendo de antemano que el detector de mentiras tiene la misma fiabilidad que un dólar extremeño, supone una irresponsabilidad estratosférica. Pongamos, sugiero, que una Paulita cualquiera, de buena fe, se instala el chisme de marras y lo usa para hablar con su novio, Alejandrito. El sistema, aleatoriamente, puede decir que Alejandrito miente y sumir a Paulita en una profunda depresión, acabar con una relación que podía haber dado momentos mágicos, en última instancia alumbrar un breve de sucesos del estilo de "Una adolescente se suicida arrojándose a las vías del metro". Vale argumentar que si alguien de verdad se cree el sistema y es tan retorcido como para utilizarlo tiene bien empleado que se vuelva contra él. Y que si tu novio o tu novia son de esa ralea lo mejor que puede suceder es descubrirlo cuanto antes y darles puerta, vía ancha y mucha mierda.
Pero analicémoslo desde otra vertiente; que en el fondo quienes utilicen el puto detector de mentiras lo hagan empujados por el ardiente deseo de ser engañados, de introducir una tormenta en pijama, una tragedia de living room en sus vidas grises, planas, de gominolas, pajas, canutos y play station. Ellos reciben de la televisión dosis de drama del que no participan y tan acostumbrados están a reproducir patrones enfermos, a comer carne cruda, que si se juzgan por un instante fuera de la arena del circo se dan por muertos. En cualquier caso, si aciertan el prefijo de Constantinopla y les da por llamarme les garantizo una sarta de mentiras, pueden ahorrarse enviar "mentira" al 7505.
La noticia en prensa, ay, la noticia en prensa... es una de esos bombones que de vez en cuando nos brinda la realidad en una bandeja de plata. Un bocadito selecto de locura. El muy honorable pueblo de Náquera (¿Seguirá siendo concejal allí el presidente de UV José Manuel Miralles, a quien la infamia tenga en sus índices?) ha cambiado el nombre de una avenida. La vía que antes se llamaba José Antonio (¡¡¡presente!!!) ahora pasa a llamarse Barak Obama. Me la pone dura. Me chifla el tema. Cambiamos la advocación del cirujano de hierro, de un dictador miserable, por la de un fulano que todavía no ha hecho absolutamente nada. Es la lógica de Operación Triunfo, de los reality show, del simulacro, de la prisa. Parámetros como esfuerzo o valía son devorados por el más ventajoso comercio de iconos vacíos, por promesas que nadie tiene que cumplir porque antes de que podamos pedir cuentas serán sepultadas por otras promesas. Ignoro que tal presidente será Obama, pero el tío Julián, el del hortet, tiene más méritos probados.
La realidad es una loca de remate. Ratatatá.

martes, 18 de noviembre de 2008

Los verdugos de Dios


Pocas cosas complacen más a los ateos que pensar en Dios. Pocos caminos tan gratos como los laberintos que ofrece la teología a los diletantes. Si además el ala cerril del cristianismo - pero es otra cosa, como se verá - se tira al monte con la manta, el rosario y el arcabuz, la cosa puede acabar siendo obscenamente gozosa, lujuriosa.
Pensemos en los catolicitos de base, esos que truenan contra la investigación genética y sus posibilidades curativas. Hace poco pedían poco menos que lapidación pública y ataúd de fuego, san benito y espinas, brea y plumas, para la mujer que, para salvar a su vástago parió otro hijo cuyo ¿cordón umbilical? podría sanarlo. Sermonearon desde cuantas montañas abarcó su paso que nada de eso, que iba contra las más elementales leyes de Dios engendrar una criatura con fines curativos, que era poco menos que emparentar a los humanos con el Paracetamol, que si el Divino Hacedor había querido dolor y muerte para el pequeño nada se podía hacer que no fuera preparar los santos óleos y la enhorabuena del ángel. Del mismo modo argumentan contra la clonación de células, la creación ex profeso de vida para salvar otras vidas. Aberración contra natura, camino de impíos.
Dolosamente omiten el hecho central de su tradición, la clave de bóveda de su entramado de creencias y el acontecimiento que posibilitó la idea de la salvación y la puerta a la vida eterna: Jesucristo fue el primer niño probeta de la historia; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el padre... para borrar la tara no de un hermano sino de toda la humanidad, para lavar con la efusión de su sangre el pecado, para curar el dolor con su dolor. En el caso del Ungido, del Agnus Dei, se le trae al mundo de un modo "artificial" para sanar el mayor de los males, el pecado, el equivalente laico de la muerte. Recordemos que para los cristianos sin pecado no hay muerte, sólo un tránsito en el que, desembarazados de la materia mutable y corruptible, libres de la gravidez del barro, nos elevaremos con la ligereza de una burbuja freixenet a las regiones de luz del Padre.
Así las cosas, los científicos, los partidarios de la investigación genética, no hacen sino segir a rajatabla las escrituras, hacer una interpretación intachablemente ortodoxa del Libro en el que no cabe conjeturar mácula.
Además media una diferencia favorable a la nueva versión de la estrategia. El niño nacido para salvar a su hermano no está de antemano predestinado al tormento de la cruz, tiene posibilidades de salir adelante y convertirse en un individuo libre y completo. Tiene por tanto una potencia que no tuvo el mismísimo Cristo.
Lo jodido de la oposición de los católicos es que su único motor de pensamiento es el oportunismo político, que no actúen en tanto que católicos sino en tanto que de derechas, que antepongan el rédito electoral de los que permiten que sigan apesebrados a la escuálida teta del estado al ejemplo del mismísimo Dios.
Otra diferencia a vuelapluma: María no decidió ser madre, sino que aceptó lo que Otro había decidido por ella y se convirtió en un simple instrumento del plan de la redención. Una señora cuyo único mérito fue, atendiendo a tradición, la credulidad y la renuncia. Dos condiciones sine qua non para ser una víctima perfecta, para devenir infinitamente maleable en las manos adecuadas.
Ya ven, amigos, yo me podría plantear ser cristiano, pero los propios defensores del dogma lo niegan y así no hay quien se anime.
Ite missa est.

martes, 11 de noviembre de 2008

sopa de barco


Instrucciones para hacer una sopa de barco (o el vertiginoso equilibrio panzudo de la sepia)
1. Dótese de materiales flotantes. Los encontrará en la cocina, justo entre el tarro de nescafé y los spaguetti; son esas pequeñas bolitas como de polvo pero dócilmente desembrollables, palabras longilíneas, cursilíneas, imágenes de usted respirando, redondas canciones de tela, piernas como columnas, lagartijas de humo en fuga por las paredes del bar donde le susurraron la gran diferencia, taleguitos del moro, cochecitos del blanco, negras carreteras, firmas de carmín, engolamientos, nostalgias, albahaca.
2 Descanse por el momento. Admire los materiales puestos a secar. Permítase algo largamente negado. Silbe como una cafetera. Cántese un temita que se derrame por el deslunado, que se encarame a los caños de desagüe, entre al galope en casa de los ejemplares vecinos, galope esquivando las patas de latón verde de la mesa, zigzaguee al capricho de las baldosas, tuerza a la derecha, remonte la cama de matrimonio aprovechando un hilo suelto del edredón, se enrosque en las piernas de la esposa olvidada y le inocule, lento, húmedo y brillante, las ganas de cerrar el libraco de Savater y cantarse los ocho compases siguientes del temita.
3 Llame a su madre y cuéntele sus planes de hacer sopa de barco. Déjela llorar cuanto desee.
4 Superadas las fases anteriores llegamos a lo bueno. No se deje espantar por el método. Ahora sírvase llenar un recipiente con agua. Llueva generoso hasta anegar los caminos de la circulación mayor y menor, moje a dos carrillos, pantagruélicamente moje su vida, hasta que todo adquiera la condición bamboleante y de luz quebrada del fantasma, lo mismo el asiento trasero del coche que esputa en el vertedero del tiempo que la cocina donde tomó café la mañana en que decidió partir, lo mismo los pasillos cadavéricos que el llano sembrado de guijarros, lo mismo, idéntico, no se complique. Inunde a patadas las estancias de amigos y enemigos y no sufra, los buenos sabrán convertir el armario de dos cuerpos de la abuela en canoa y escaparán.
5 Convoque al viento. Abra las ventanas y deje que el viento hable por usted. No le interrumpa. No se rasque los ojos.
6 Coja sus sábanas, procure que tengan restos de lágrimas, sangre, semen, orines y zumo de vagina, dóblelas por la mitad misma de sus recuerdos de forma que se miren cara a cara. Ese rectángulo dialéctico es grato al azar. Deje que el azar lo elija.
7 Ahora la sopa, mágicamente, esta hecha. Trinque un cucharón de palo, inviértalo y afírmelo en los espejos (que son de popa), dómese hasta que sea el timón quien lo gobierne. Sea un dócil timonel al arrullo de lo que venga, así sea un naufragio, así se termine el mundo, así se me vaya a morir en la siguiente panza de agua.
8 Escríbame desde el primer puerto en que fondee.
9 Si el vino allí es malo, pida otra botella.