Pocas cosas complacen más a los ateos que pensar en Dios. Pocos caminos tan gratos como los laberintos que ofrece la teología a los diletantes. Si además el ala cerril del cristianismo - pero es otra cosa, como se verá - se tira al monte con la manta, el rosario y el arcabuz, la cosa puede acabar siendo obscenamente gozosa, lujuriosa.
Pensemos en los catolicitos de base, esos que truenan contra la investigación genética y sus posibilidades curativas. Hace poco pedían poco menos que lapidación pública y ataúd de fuego, san benito y espinas, brea y plumas, para la mujer que, para salvar a su vástago parió otro hijo cuyo ¿cordón umbilical? podría sanarlo. Sermonearon desde cuantas montañas abarcó su paso que nada de eso, que iba contra las más elementales leyes de Dios engendrar una criatura con fines curativos, que era poco menos que emparentar a los humanos con el Paracetamol, que si el Divino Hacedor había querido dolor y muerte para el pequeño nada se podía hacer que no fuera preparar los santos óleos y la enhorabuena del ángel. Del mismo modo argumentan contra la clonación de células, la creación ex profeso de vida para salvar otras vidas. Aberración contra natura, camino de impíos.
Dolosamente omiten el hecho central de su tradición, la clave de bóveda de su entramado de creencias y el acontecimiento que posibilitó la idea de la salvación y la puerta a la vida eterna: Jesucristo fue el primer niño probeta de la historia; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el padre... para borrar la tara no de un hermano sino de toda la humanidad, para lavar con la efusión de su sangre el pecado, para curar el dolor con su dolor. En el caso del Ungido, del Agnus Dei, se le trae al mundo de un modo "artificial" para sanar el mayor de los males, el pecado, el equivalente laico de la muerte. Recordemos que para los cristianos sin pecado no hay muerte, sólo un tránsito en el que, desembarazados de la materia mutable y corruptible, libres de la gravidez del barro, nos elevaremos con la ligereza de una burbuja freixenet a las regiones de luz del Padre.
Así las cosas, los científicos, los partidarios de la investigación genética, no hacen sino segir a rajatabla las escrituras, hacer una interpretación intachablemente ortodoxa del Libro en el que no cabe conjeturar mácula.
Además media una diferencia favorable a la nueva versión de la estrategia. El niño nacido para salvar a su hermano no está de antemano predestinado al tormento de la cruz, tiene posibilidades de salir adelante y convertirse en un individuo libre y completo. Tiene por tanto una potencia que no tuvo el mismísimo Cristo.
Lo jodido de la oposición de los católicos es que su único motor de pensamiento es el oportunismo político, que no actúen en tanto que católicos sino en tanto que de derechas, que antepongan el rédito electoral de los que permiten que sigan apesebrados a la escuálida teta del estado al ejemplo del mismísimo Dios.
Otra diferencia a vuelapluma: María no decidió ser madre, sino que aceptó lo que Otro había decidido por ella y se convirtió en un simple instrumento del plan de la redención. Una señora cuyo único mérito fue, atendiendo a tradición, la credulidad y la renuncia. Dos condiciones sine qua non para ser una víctima perfecta, para devenir infinitamente maleable en las manos adecuadas.
Ya ven, amigos, yo me podría plantear ser cristiano, pero los propios defensores del dogma lo niegan y así no hay quien se anime.
Ite missa est.

