El ataud es la medida de todas las cosas y por fin ese hombre es un hombre. Demasiado tarde, como siempre.
domingo, 5 de octubre de 2008
ataud omnia mensura
El ataud es la medida de todas las cosas y por fin ese hombre es un hombre. Demasiado tarde, como siempre.
lunes, 29 de septiembre de 2008
Capados en capilla
Capados en capilla, Ulises amarrados al mástil de su polla blanda, sorderas que les son y palabras que no les son, diáconos de sus adiposidades, higiénicos divertidos, bocas que besan bocas para besar su siempre boca, grietas y rabietas, pataletas, cheques al mentidor, aulladores, aduladores, escanciadores de su fiesta, amigos, tan amigos, romeros de chaqueta ajena, estetas de bragueta, profilácticos de orgia a cinco dedos y aún son muchos, muchachos y muchachas, letras con antenas, gori gori sobre los vivos, fúnebres perfiles, funambulistas, subvencionados, amamantados, amansados a mansalva y selva y silva que no salva, malencarados, malacontecidos, malparidos, en buena hora todos ellos, blancos, tan infantes, tan triunfantes, tan trufados, tan truhanes, artríticos quise decir artísticos, ariscos quise decir en los riscos, como cabras, como balas, tan duros y tan huecos, tan alfa y tan paloma, coma, punto y coma, de su mano coma, su sopa, su copa de talle fino, su dote de muertos, dos casas y un huerto, la felicidad, la placidez de la redondez, el paso de la oca y tira y me toca y me duele y me huele y quiere más, quiere mi sangre, come mi hambre, pasa su dedo por mi miedo, su remedo, su verbito repetido y abotonado hasta el cuello de lana virgen con las inciales de otro niño grabadas en oro, pero mamá te quiere, no ha dejado de quererte por que tú eres el único mi vida, tú el de los millares, tú el innúmero, tú legión, tu tan alto, tan blanco y tan puro como un ángel de espuma, tú que no te alcanzan los espejos más grandes, ni los lagos, ni el perfil de las montañas, tú por quien amanece y se abren las calles, tú mi amor, mi bien, mi aire, mis ojos, tú por quien el pan huele a pan, tú por quien el sol, qué digo, tú el sol, tú el rey del universo, uni-verso, un solo verso la palabra que derrama tu boca como agua cristalina, tú el devorador de estrellas temblorosas y carnes al contado, alguna vez te lo he contado? tú no dejes de ser tú. Sonríe al naufragio, albo hijo de puta.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Gredos
A las seis de la mañana arrancamos el motor. La morena tiene sueño y las palabras le salen sonámbulas de la boca, como un médium inspirado que me conecta con ella misma, con la compañera que no falla. Carretera, carretera, carretera negra sin a penas nadie, más tarde como una cinta gris a medida que amanece a nuestra espalda. Así las cosas un café en Honrubia es una idea a la que nadie puede resistirse, y el viajero celebra el frío, porque signifca que está lejos de casa.
Madrid es un ovillo mohoso que cortar de un tajo, una trabajosa digestión. Después Ávila, recoleta, castellana, limpia, monumental y fría. Allí, al abrigo de sus murallas, entre sus palacios o frente a la iglesia de piedra, lo difícil es no sentir el tacto de la espada en la diestra y escuchar el piafido y las patadas de los caballos. Lo heróico es no imaginarse defendiendo la fortaleza contra el enemigo innúmero que oscurece el campo al otro lado. Esta noche cenaremos en la Hosteria Bracamonte, mejor una ensalada y dos de cochinillo, sin duda un buen vino tinto que lubrique la conversación y nos embriague en una misma incontrolable, y qué risa el camarero, y qué risa la dueña y qué tremenda risa ahora que estamos tan vivos y el mundo es un lugar nuevo poblado de cosas viejas. Y qué suerte encotrar un bar abierto de camino al coche.
El parador de Gredos es un viejo refugio de caza de principios de siglo. Entre sus gruesos muros de piedra gris los reyes, los padres de la constitución, tantos sueños como dejaron sus huellas en la moqueta e hicieron crujir las maderas y la pizarra del techo. Una habitación con dos camas, frente a ella un bosquecillo de pinos y la montaña. De fondo el sonido de los cencerros de las vacas y alguna conversación dispersa y jironada por el viento.
Al día siguiente, después de desayunar y proveernos de agua y comida, llegamos por una sinuosa carretera entre árboles y vacas a la plataforma de gredos. El último punto al que se puede acceder en coche. El final traumático de la civilización arrodillada frente a la magestad cruel de la montaña. No hay un sólo árbol. La nieve gobierna allí y aplana la vegetáción hasta convertirla en duro matorral y hierba amarillenta salpicada de inmensas rocas verdosas. Se escucha el murmullo del agua y cinco horas de camino para ver el circo de gredos y la laguna grande se antojan un precio razonable. Lo pagamos con creces. La subida es larga y exigente, las paradas se suceden y empieza a escasear el agua. A penas intercambiamos palabra, el óxigeno exige también ser racionado. Y justo entonces, cuando los ojos están llenos de belleza, en mitad de un repecho rocoso y rojizo, aparece la fuente de cavadores. Es un sólo caño metálico en una boca de piedra. El agua está fría y bebo, bebo como un animal de las manos de la morena, vuelven las risas y las palabras y como un inmenso desafío planetario se enciende un cigarrillo. Los pulmones, claro, no saben a qué atenerse al principio, pero reaccionan bien al tóxico calor conocido. Allí, dominando el valle, pienso en el hombre primitivo y su lucha por la supervivencia, en los días iguales de disputar el mundo a las fieras y los elementos y la noche y el miedo. Allí todo vuelve a ser hermosura. Después de la fuente de cavadores el camino se aplana y la roca desnuda deja lugar a una suave senda de tierra fina a cuyo extremo cae a cuchillo la garganta que nos separa del pico Almanzor, desafiante mole gris angulosa. A la derecha, como cuenco de agua del deshielo, la laguna grande y abajo, en el pavoroso fondo, un riachuelo corre entre meandros hasta perderse de vista. La alegría salvaje de haber llegado, el premio, el abrazo que se postergó hasta ese momento y mira, mira, míralo todo, emborráchate, te das cuenta. Así es la vida.
A la vuelta, nuevamente cerca de la fuente de cavadores sucede el milagro. Un rebaño de cabras montesas abreva en la fuente y pide comida a los excursionistas. Ahí vuelvo a ser un niño de golpe y entre la ilusión y el susto de la ilusión me acerco, nos acercamos, disparando fotos cuidadosamente, conteniendo la respiración cuando chocan sus magníficas cornamentas en una coreografía poderosa y sonora.
No lo creerán, pero al final de la rampa, cuando ya éramos dos sombras que bajaban de la mano, apareció una silla de mahou cinco estrellas, un chiringuito de madera, un par de cervezas saboreadas como nunca y un cansancio feliz.
Y qué más quieren que les cuente, les podría hablar del bar Drakar y su carne extraordinaria, de un plato de queso y dos cafés gloriosos, cortos y contundentes, les podría hablar de muchas cosas, pero al cabo sólo importó una: allí fui feliz, conocí un estadio de alegría pretérito, inmediato y poderoso. Allí dejamos una fortaleza a la que volver si el cielo se abriese de par en par mañana.
Una humorada nada inocente
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Si de protestar se trata
martes, 16 de septiembre de 2008
Elogio lisérgico del fundamentalismo árabe
domingo, 24 de agosto de 2008
Verde que te quiero verde
Sucedió esta mañana. Tomaba cervezas con la Morena en El Canari, el gris metálico del mar se punteaba de blancas velas livianas, el camata de los tatuajes talegueros palmeaba por curdas y a nos dio por acordarnos de la residencia de estudiantes que compartieron García Lorca y Salvador Dalí, de la amistad de ambos con Buñuel, de su rechazo snob al entrañable muchacho Miguel Hernández (...y a las cavilaciones estas sienes). De García Lorca dijimos la elegancia, el talle de junco, el decir redondo, la jugosa delgadez, el tropo aéreo, el navajazo frío y la varita de Camborio.
Disfruten ahora de esta versión de Verde a cargo de Manzanita. Ahórrense las prevenciones, deshagan el mohín, aflójense el nudo del prejuicio y desespérense de belleza. No se puede cantar de otra manera.